Riquelme, el crack, VS Riquelme, el conflictivo.
Para descifrar a Juan Román Riquelme hay que saber algo: no hay un solo Riquelme, hay dos. Uno, es el que juega al fútbol, el del caño a Yepes, el del golazo contra Brasil y el que con un pase rompe una línea defensiva. El otro, el jugador conflictivo, apagado en la cancha, de muy poco compañerismo. Este último es el que se instaló desde el año pasado y que, por segunda vez, renunció a jugar con la camiseta más preciada, la de la Selección argentina.
“Sé que a todo el mundo no le puede gustar mi juego. Pero no me importa lo que digan los demás. Por eso yo no voy a cambiar nunca mi manera de jugar.No necesito tirarme al piso para jugar”, anticipaba Riquelme -con una precisión asombrosa- la esencia de su carrera, en 1997. Siempre dividió aguas, dentro pero también fuera del césped. Están sus fieles escuderos, que le perdonan todo, y sus detractores, que no ven nada bueno en él. Parece que no haber lugar para los tibios, para grises.
El Román futbolista nació un 10 de noviembre de 1996, en La Bombonera. Boca jugaba mal, entró el jugador formado en Argentinos y el equipo (dirigido por Carlos Bilardo) le ganó 2-0 a Unión, de Santa Fe. Ese día fue el primer beso del amor con la hinchada: fue figura y se fue ovacionado de la cancha.
Un año más tarde, se inició en la Selección argentina, con uno de sus técnicos “preferidos”, José Pekerman. Juntos formaron aquel Sub 20 que brilló en el Mundial de Malasia. Luego, fue convocado por Daniel Passarella y debutó en la mayor, contra Colombia, en el mismo estadio Alberto J. Armando. Entró por Marcelo Gallardo y jugó 10 minutos.
En el club de la Ribera hubo un cambio: se fue Bilardo y entró Héctor Veira. El nuevo DT no lo tenía al jugador es sus planes. A pesar de ello, bajo el mando del Bambino hubo un hecho que marcó su trayectoria: el 25 de octubre de 1997, Maradona jugó su último partido profesional, en un superclásico. Diego se fue reemplazado. Boca perdía y terminó arriba 2-1. ¿Quién entró por el “10”? Un tal Riquelme, con el que sólo coincidieron en un partido.
En 1998, Pekerman volvió a confiar en él y lo convocó para el torneo Sub 21 Esperanzas de Toulon, donde fue elegido mejor jugador. Ese mismo año, inició otro de sus grandes clásicos: las peleas con Mauricio Macri. Aquella vez, por un conflicto salarial. “Que Macri no me mienta”, lanzó contra el presidente de Boca, negando haber recibido un aumento de sueldo. El jugador aseguraba que seguía cobrando 1500 dólares por mes, el presidente de Boca sostenía que eran 5000 (como más tarde demostró el diario Olé). Comenzaba a surgir el Riquelme de los conflictos.
En junio de 1998, hubo otro cambio de técnicos. Carlos Bianchi, llego en junio, le dio la camiseta número 10 a Riquelme y despertó su mejor versión futbolística. Juntos abrieron la etapa más exitosa del club. Román fue a
la Copa América del 99 pero
Marcelo Bielsa no lo tuvo en cuenta el resto de su ciclo.
La dinámica del enganche
no se le servía para su
equipo.
El 10 de noviembre de 2001, otra vez el camino de Riquelme y el de Maradona
se cruzaron, en el partido despedida a Diego, al que nadie quería faltar –¡Si hasta a Bielsa se le escapó una sonrisa!-. El homenajeado dejó una frase para los libros del fútbol, envuelto en la camiseta número 10 de Boca, la de Román. “La pelota no se mancha”, dijo el astro, mientras brotaban las lágrimas y los aplausos de todos. Ocho años después, la misma Bombonera que lo ovacionaba se pronunció a favor de Riquelme, tras su cortocircuito con el DT de la Selección. Un drama digno de una película de Hollywood.
Román tuvo sus años más felices en su primer periodo en el club de la ribera. Ganó todo lo que pudo, torneos locales, Libertadores e Intercontinental. El jugador fantástico. Pero por detrás crecía el otro: el de las disputas con Macri -Topo Gigio incluido en un superclásico- por los valores de sus contratos y porque quería irse a Europa.
En 2002, lo consiguió y se fue a Barcelona. Se dudaba de su adaptación al estilo europeo. Pagó el cambio. El técnico Louis Van Gaal no lo tenía en los planes y se pelearon. El holandés descargó: “Mi equipo, por culpa de Riquelme, no jugaba con 11; jugaba con 10”. En defensa del argentino, aquel Barsa (con muchos holandeses) jugaba mal y no ganó un título en años. Se fue Van Gaal y llegó Radomir Antic. El serbio también cargó contra el jugador: “Si no está a gusto, baja mucho el rendimiento”, y agregó: “Cuando Riquelme está a gusto, es un crack; pero si no es así, su rendimiento baja muchísimo”. Arribó Frank Rijkaard y el, por entonces, ex Boca se fue a Villarreal.
En el Submarino Amarillo tampoco tuvo una buena relación con sus entrenadores. Benito Floro fue el primero que atacó más sobre la personalidad que sobre su juego: “No se le puede decir que sí a todos sus caprichos”, y siguió: “A este tipo de jugadores no hay que decirles que sí a todos sus caprichos. Hay que darles responsabilidad y exigirles que cumplan en el campo”. El español fue reemplazado por Manuel Pellegrini, Con él, fue el mejor Riquelme del viejo continente. Pusieron al equipo en las primeras posiciones de la liga y llegaron a la semifinal de la Champions League 05-06, cuando Lehmann le atajó el penal al ex Barcelona y Arsenal, de Inglaterra, avanzó con un global de 1-0.
La renuncia de Bielsa a la Selección (en 2004) le dio abrió paso a Pekerman. Se pensaba en la continuidad de un esquema, pero no fue así. El exitoso técnico de los juveniles tomó a Román como estandarte y lo hizo dueño del equipo. El conductor declaró: “Es la primera vez que me siento importante en la Selección”. Tras unas Eliminatorias donde mostró algunas pinceladas, llegó la Copa del Mundo. Pekerman confiaba: “Riquelme no nos va a fallar. En Boca apareció en situaciones difíciles y también lo hará en el Mundial”.
Mágica asistencia para Saviola en el debut y el eje del fútbol más puro que se vio en el torneo, contra Serbia y Montenegro. Sin embargo, el enlace no pesó contra Holanda, México ni en el partido contra Alemania, cuando Pekerman se traicionó. Sacó a Riquelme por Cambiasso, a los 72 minutos, 1-0 arriba en el marcador. El conjunto europeo empató y Argentina se fue del Mundial, sin Riquelme (ni Messi) dentro del campo. Maradona –que ya comenzaba sus visitas al vestuario- dio el concepto perfecto de su desempeño: “La realidad es que Riquelme no jugó mal el Mundial, pero no jugó bien, y nosotros queríamos que la rompiera”.
Se fue Pekerman y llegó Alfio Basile, otro enamorado del jugador de Boca. El primer amistoso tras el Mundial fue con Brasil, en Londres. El equipo de Dunga ganó 3-0 y Riquelme jugó muy mal. Nueve días más tarde, renunció por primera vez a la Selección. “Desde que terminó el Mundial, mi mamá terminó internada dos veces y mi responsabilidad es cuidarla”, explicó en el noticiero Telenoche. “Aunque me jode que renuncie a la Selección, yo lo respeto”, sentenció Maradona.
En Villarreal comenzaron los problemas. Tras la Copa del Mundo, al club no le iba bien. A Riquelme, menos: le cortaron los privilegios a mitad de temporada. Se enojó con los dirigentes y con el DT, que lo marginaron del equipo. Acá reaparece Macri. Pagó dos millones por un préstamo de cinco meses. Tomó el riesgo y la apuesta le salió bien. El mediocampista volvió con hambre de revancha y llevó a Boca a ganar la Libertadores de 2007.
Manifestó su deseo de volver a la Selección, y lo hizo en la Copa América de Venezuela. Fue más determinante en los goles que en el juego. Pero como todo el equipo, cayó sin atenuantes en la final contra Brasil (0-3). Debió volver a Villarreal a mitad de año. No jugaba, pero Basile se contradijo y lo convocó para el partido contra el Chile de Marcelo Bielsa. Román clavó los dos tiros libres preciosos de un 2-0 con olor a revancha. Los segundos seis meses de ese año no jugó en España. Pellegrini denunció que no estaba comprometido con el club y volvió a apuntarle: “Si las individualidades se ponen al servicio del equipo, fenomenal. Si quieren estar por encima del equipo, sobran. Riquelme renunció al Villarreal como antes lo había hecho de la Selección argentina”.
En 2008, volvió a Boca, pero en una versión muy diferente a la anterior, con Pedro Pompilio en lugar de Macri. Se mostró (y se muestra) más irritable, con muchos reproches. Las peleas con sus compañeros de Boca no tardaron en llegar. Ya no era el mismo de 2007, era otro. Ya no ganaba los partidos. Trajo el oro de Pekín pero no pudo mantener a Basile al frente de la Selección. A pesar de que no estuvo en el último partido con Chile, sí disputó los empates contra Perú y Ecuador, los que iniciaron el final del ciclo de Coco.
Ahora, renunció, por segunda vez, a la Selección de Maradona, a pesar de que siempre se llevaron de 10. “No tenemos los mismos códigos con el DT y no podemos trabajar juntos, se terminó un ciclo para mí”, explicó, cuando hace sólo algunas semanas decía: “Por el hecho de que (Maradona) ha sido el más grande de todos, me pone muy feliz que él quiera que lleve su camiseta, la número 10. Por suerte, cada vez falta menos para los partidos de las Eliminatorias del Mundial y espero estar ahí, poder usar esa camiseta que tanto me gusta y hacerlo bien”. Diego lo tenía en sus planes, sin embargo, casi sin tiempo, ya planifica el equipo para Sudáfrica 2010 sin él.
Así es Riquelme. Tómelo o déjelo.















